Aquella noche llegó a casa con los pies doloridos, se sentó sobre su cama y se quitó rápidamente aquellos tacones que tanto la molestaban. Al igual que los hombres, solo resultáis soportables la primera media hora, -le espetó a aquellos sufridos zapatos- mientras los arrojaba al suelo lejos de su vista, soltando una carcajada que rompió el silencio de su pequeño apartamento. Después de quitarse los zapatos, se puso en pié y pasando su mano por la cremallera del vestido, se quito este con un majestuoso gesto, dejándolo caer al suelo por su propio peso. A continuación, anduvo descalza hasta el pequeño mueble del salón, abrió el cajón y sacó una cajetilla de tabaco. Cogió un cigarrillo y lo puso en sus labios que a aquellas alturas de la noche los llevaba un tanto desmaquillados: una noche entera detrás de una barra puede ser muy heavy. Se puso a buscar un mechero por la habitación, debía de tener mas de una veintena repartidos por todas la estancias, pero, maldita sea -pensó- cuando los necesitas no aparecen. Después de buscar y encontrar uno, encendió por fin aquel pitillo. Ahora todo es perfecto -pensó- después de aspirar el humo y soltarlo con una elegancia propia de una actriz de película en blanco y negro.
Caminó desnuda hasta su dormitorio, tras los cristales del gran ventanal de su cuarto, se veía una noche clara coronada por una gran luna que iluminaba la ciudad, y su piel. Se sentó en la cama mirando fijamente su luz tan hermosa, sus ojos, tenían el brillo de la noche; de aquella noche y de muchas otras noches como aquella. Permaneció sentada mirando fijamente por la ventana mientras fumaba despacio su cigarrillo, lo fumó sin prisas, disfrutando cada calada como si esta fuese la última en su vida. La única luz que había en aquella habitación era la que ofrecía la majestuosa luna, que tintando con su luz aquella habitación en penumbras, le daba a su desordenado dormitorio un aspecto un tanto bohemio. Junto a la cama había una pequeña mesita y sobre esta un marco con una foto, sobre cuyo cristal se reflejaba la luz de la calle. Apartó su mirada de la ventana, para posarla sobre el marco de la mesita, lo cogió entre sus manos, y pasó con lentitud los dedos sobre su superficie. Dentro de este, una foto recortada, en la que aparecía ella, allí, congelada en el tiempo. Era una foto de hacía unos años atrás, en la que aparecía sonriente -aunque, ya no recordaba el motivo de su sonrisa-. La miró detenidamente, el escenario, como casi siempre, una cafetería, un bar, o el típico pub de moda, !que mas da! llevo dedicándome a esto desde que era una mocosa de dieciséis años –pensó para si- mientras intentaba reconocer su rostro en aquella foto. Se sabía una chica guapa, aunque ahora con el tiempo comprendía que aquella cualidad le había traído mas amarguras que alegrías. Malditos gilipollas!!!.... -dijo en voz alta- ¡solo os cambia la cara! en el fondo siempre soy lo mismo: una porción de mentiras; de ilusiones vacías; de fachadas huecas vestidas a la moda ¿Cómo os pudieron parir vuestras madres?.... Se sorprendió con lágrimas en los ojos, y miró otra vez la foto, junto a ella y abrazándola, la silueta de medio cuerpo de la única persona a la que realmente amó, a la que una noche como aquella -por suerte ya olvidada- la justa tijera le dio en aquella foto su justo merecido. ¡Que lástima que ya no recuerde tus ojos!…….Se tumbó en la cama………..nunca olvidé tu calor, tu olor, la forma en que abrazabas…….. hoy no estás conmigo –dijo mientras se quedaba dormida- ¡aún te quiero! pero ya no consigo encontrarte, por más que te busco en otras miradas..............
A Moni, lo prometido es deuda.........
