Era la primera vez que sus jóvenes ojos veían el mar. La noche anterior no consiguió dormir, se la pasó recordando las historias sobre sirenas, barcos y tiburones enormes, que le contó su hermano mayor. Allí delante lo tenía, era una inmensidad azul de agua que se movía y rompía a sus pies formando un velo de espuma blanca. A lo lejos podía distinguir los pequeños triangulitos blancos que formaban las velas de una flotilla de barcos de recreo. Se moría de ganas por meterse allí dentro, unos pasos mas atrás su padre observaba como cautelosa probaba la temperatura del agua tocándola con la punta de su diminuto piececito. Me voy a meter papa –le gritó-, mientras este la sostenía cogiéndola por los bracitos para evitar que el mar la derribara. Decidida se adentró en el agua, aquella experiencia era total mente nueva para ella, nunca había notado la fuerza del mar, ni una sensación de frío tan intenso. Salió del agua muy rápido y se reía feliz mientras tiritaba de frío, ven aquí pequeño parajito –le dijo su padre- mientras la cubría una toalla.
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